Cuando pensamos en un artista crítico, solemos imaginar a alguien que trabaja desde los márgenes. Lejos de las instituciones, del Estado o de los espacios de decisión.

Pero la historia del arte demuestra que no siempre es así.

A finales del siglo XVIII, Francisco de Goya era pintor de cámara de la corte española. Retrataba a reyes, nobles y aristócratas. Era, en muchos sentidos, parte del sistema.

Y, sin embargo, fue él quien creó una de las críticas más agudas de la sociedad de su tiempo.

En Los Caprichos, una serie de ochenta grabados publicados en 1799, Goya dejó al descubierto la superstición, la corrupción, la ignorancia y los abusos del poder. No lo hizo desde una plaza ni desde una barricada. Lo hizo desde el lugar más incómodo: siendo parte del mismo mundo que estaba cuestionando.

Pensé en Goya al salir de Manos sucias, la nueva creación de Marianella Morena para la Comedia Nacional.

Aunque parte del texto de Jean-Paul Sartre, la obra no intenta trasladar simplemente un clásico al presente. Hace algo mucho más interesante: convierte al propio mundo de la cultura en el escenario del conflicto.

Ya no se trata únicamente de política.

Se trata del arte cuando entra en contacto con el poder.

Y eso cambia completamente la conversación.

Existe una idea bastante instalada de que el arte debería mantenerse puro. Como si los artistas pudieran crear desde un lugar completamente independiente, ajeno a las tensiones políticas, económicas o institucionales.

Pero ¿alguna vez fue realmente así?

Goya trabajaba para la monarquía.

Miguel Ángel dependía de los papas.

Velázquez pintaba para la corte.

Incluso muchas de las grandes vanguardias del siglo XX crecieron gracias a galerías, coleccionistas e instituciones que hicieron posible su circulación.

La historia del arte nunca fue una historia de manos completamente limpias.

Eso no significa que el arte pierda su capacidad crítica.

Al contrario.

Quizás la crítica más potente sea precisamente la que nace desde adentro.

La que conoce las reglas del juego.

La que entiende cómo funcionan las instituciones.

La que se atreve a incomodar incluso a quienes le dieron un espacio.

En ese sentido, Manos sucias no habla solamente del poder político.

Habla del poder cultural.

De quién decide qué historias llegan a un escenario.

Qué voces reciben apoyo.

Qué discursos encuentran lugar.

Y cuáles quedan afuera.

No ofrece respuestas sencillas.

Tampoco reparte héroes y villanos.

Como en los grabados de Goya, los personajes aparecen atravesados por contradicciones. Nadie ocupa el lugar cómodo de la inocencia absoluta.

Quizás porque Marianella Morena entiende algo que Goya también sabía hace más de doscientos años: criticar el poder no consiste necesariamente en situarse fuera de él.

A veces la verdadera valentía consiste en señalar sus fisuras desde el interior.

Los Caprichos no fueron una declaración de guerra.

Fueron un espejo.

Y los espejos tienen una virtud incómoda: no inventan aquello que muestran. Simplemente nos obligan a verlo.

Tal vez eso sea también lo que hace Manos sucias.

No nos dice qué pensar.

Nos enfrenta a una pregunta mucho más difícil.

¿Qué hacemos cuando descubrimos que el arte tampoco vive en un territorio neutral?

Quizás nunca lo hizo.

Quizás las manos del arte, como las de Goya, siempre estuvieron un poco manchadas.

No de culpa.

Sino de realidad.

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